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El Mayor Ferro, el oficial de Caballería que salvó la democracia

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El Mayor Ferro, el oficial de Caballería que salvó la democracia

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Por: Representante Ricardo Ferro

Una mañana reciente, mi hija Valentina se levantó con la inquebrantable decisión de aprender a montar a caballo. Patricia, mi esposa, adujo que esa era la herencia de su abuelo, don Guillermo Alvira, quien fue dueño del legendario caballo don Danilo; además, criador y permanente animador de las ferias de su época. En mi familia, Ferro Lozano, también me dijeron que esa afición de Valentina era la línea de mi abuelo: el mayor Manuel Ferro, oficial de Caballería del Ejército Nacional colombiano.

Mi padre, nos ha contado varias veces, el episodio en el que mi abuelo Manuel salvó al Gobierno del entonces presidente Alfonso López Pumarejo de un golpe militar; episodio que he podido constatar en varios libros de la historia republicana colombiana.

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En la noche del viernes 26 de marzo de 1943, el presidente de la República, el hondano Alfonso López Pumarejo, asistiría a una función que ofrecería una compañía francesa en el teatro Colón de Bogotá. Allí, según el plan de los militares rebeldes encabezados por el general Eduardo Bónitto Vega, secretario general del Ministerio de Guerra, sería apresado el jefe de Estado y las Fuerzas Militares asumirían el control total. El brote de inconformismo entre altos mandos se había generado porque consideraban que el Gobierno de López Pumarejo les estaba dando muy pocos recursos para sus actividades operacionales y, por el contrario, favorecía a otros sectores que privilegiaba con más inversión. Esa información del inconformismo militar había circulado días antes en los diarios La Razón y el Siglo.

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Esa mañana del viernes 26 de marzo del 43, mi abuelo el mayor Manuel Ferro fue citado por el propio general golpista Bónitto al Ministerio de Guerra, donde le comunicó sus intenciones, los detalles del plan y le informó que mi abuelo, su familia y otros oficiales más, viajarían al día siguiente a Chile a una Comisión de Estudios en el Exterior a adelantar el curso de Estado Mayor.

Mi abuelo se fue a su casa, le contó a mi abuela y los dos, en un acto de lealtad, patriotismo y respeto a las instituciones que él había jurado defender, decidieron contarle al presidente Alfonso López sobre el plan para derrocarlo. Efectivamente, los militares leales apresaron a los golpistas y el golpe al jefe del Estado se frustró.

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Posteriormente, para evitar más brotes de inconformismo, el Gobierno mejoró las relaciones y las condiciones de las Fuerzas Militares.

Días después de la intentona golpista, el propio presidente llamó a su despacho al mayor Ferro. Le propuso ser agregado militar en una embajada en gratitud por haber salvado las instituciones. Mi abuelo, el Oficial de Caballería, le manifestó que la única petición que le hacía era que se convirtiera en el padrino de su hijo. En homenaje al presidente de la Revolución en Marcha como se llamó su gran reforma, mi padre fue bautizado como Alfonso Ferro, nombre que a su vez adoptaría el suscrito.

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Mi abuelo siempre fue un hombre de principios, respetuoso de las Instituciones y leal con los preceptos de la Caballería. Esa conducta de vida, siempre, nos la ha inculcado mi padre.

Valentina, mi hija, fiel a su determinación y disciplina, asiste puntualmente a sus clases de equitación, aunque para ser sinceros, se inclina más por la chalanería o equitación criolla, modalidad heredada de su abuelo materno.

Este artículo obedece a la opinión del columnista / Reproducción autorizada por el autor

 

Ricardo Ferro Abogado, especialista en Derecho Público, que cuenta con dos maestrías, una en Urbanismo y Ordenamiento Territorial y otra en Ciencia Política.