Juan Camilo Franco Perdomo
Juan Camilo Franco Perdomo
Alerta Tolima
30 Mayo 2023 07:53 PM

Mes de la Madre: Las cuentas pendientes

Columnista
Invitado
Una crónica de Juan Camilo Franco Perdomo, por motivo del mes de las madres.

El 22 de julio de 2019, al medio día, Martha Stella Perdomo Serna, partió de este mundo. Ese día mi madre se levantó a las 3 de la mañana, como era su costumbre, para dar gracias a Dios por un nuevo día más de vida, sin imaginarse que era el último.

A las 5 de la mañana, como también tenía de costumbre, se puso a hacerme el desayuno, una torta de arroz con huevo, arepa y chocolate. También me había empacado el almuerzo, el cual recuerdo aún como si fuera ayer: Arroz, papa, una presa de pollo y ensalada de zanahoria y lechuga. Todo hecho con el amor propio de una madre.

Por ese entonces yo trabajaba en Boquerón, casi a las afueras de Ibagué. Ese día, como de costumbre, me despedí de ella, le dije “bendición amá”, me bendijo, me dio un beso, y me fui a desempeñar mis labores. A las 9 de la mañana el día se habría salido de la rutina: Un amigo, que vivía en la casa donde mi mamá trabajaba, me pidió el contacto de mi hermano, para que fuera a recogerla, ya que se sentía enferma. Él era la mejor opción en cuanto a distancia, pues yo me encontraba a las afueras de la ciudad, y él estaba en la universidad.

Luego de eso, y de hablar con mi hermano para pedirle que me mantuviera al tanto de la situación, hablé por teléfono con ella, en un intento por comprender bien la situación y saber que tenía ella. Simplemente me dijo que “se sentía maluca”, un poco ahogada. Esas serían las últimas palabras que me diría.

Minutos más tarde mi hermano me dijo que no me preocupara, y que ya iban en un taxi para que la miraran por urgencias.

Eran las 11:45 de la mañana, y el hambre hizo de las suyas. Decidí empezar con el almuerzo que mi madre me había hecho, alcancé a dar dos bocados al arroz y un mordisco al pollo. No pude comer más, pues en ese momento mi hermano me llamó, y con una voz en medio de la angustia y la desesperación, me dijo que mi mamá se la había desgonzado en sus brazos, y que en ese momento la estaban reanimando en la Clínica Nuestra.

En mi puesto de trabajo quedó el portacomida con un almuerzo a medio comer, cerré todo y me monté en la moto. El trayecto desde el que era mi lugar de trabajo a la Clínica Nuestra de Ibagué normalmente es de unos 20 a 25 minutos. Ese día impuse una nueva marca, con acciones que no son de sentirme orgulloso pero que, motivado por la angustia, y una sensación en el pecho que solo me hacía pensar en que debía apurarme, me llevó a transitar por andenes, adelantar por donde no debía, y pasarme todos los semáforos en rojo, llegando a la sala de urgencias de la clínica en 12 minutos.

Me encontré con mi hermano Juan David, quien me actualizó sobre la situación de mi mamá. El personal médico nos decía que teníamos que tener paciencia, mientras la seguían reanimando. Llamé a mi otro hermano, Juan Pablo, quien vive en Argentina, para actualizarlo también de la situación.

Cerca de las 12:10, el médico de turno salió, para decirnos que luego de 30 minutos de reanimación, mi madre había fallecido. Todas las esperanzas que teníamos de verla se esfumaron, y sólo quedo un espacio para podernos despedir de ella, antes que se llevaran su cuerpo para que lo recogiera la funeraria.

Y ahí estábamos mi hermano y yo, frente a ella. Su cuerpo aún seguía moviéndose producto de los electrochoques. Recordé que ella me había dicho en su momento que uno debía evitar llorar en lo posible, porque “la persona aún puede escuchar y después se angustia”. Debía decirle algo, pero ¿qué le dices a alguien en sus últimos momentos? Sólo pude decirle que el Padre la había mandado llamar y que era hora de partir, que no se preocupara, que estaríamos bien. Que complique no llorar en ese momento.

Y así, sin esperármelo, mi madre se fue, y yo quedé debiéndole muchas cosas, quedándome con cuentas pendientes. Algunas aún no las cumplo, y otras las he hecho tarde.

Las cuentas pendientes

Aun pienso en las cosas que dejé de hacer con mi madre, los momentos que pude, pero no compartí, y las expectativas que ella tenía, pero no cumplí en su momento.

También me entristece saber que le hice preocuparse demasiado, aunque eso es algo de todos los hijos. Pero también agradezco que fui capaz de mantenerme vivo hasta donde ella me pudo ver, y no fui motivo de dolor como el de muchas madres, que su mundo desaparece al enterarse que su hijo o hija tuvo que partir.

Con las madres siempre tendremos cuentas pendientes, y lo mejor que podemos hacer es tratar de retribuir el amor y preocupación que van a tener siempre con nosotros, sus hijos.

Fuente
Alerta Tolima